Es difícil reflexionar sobre cómo te sientes en ciertas situaciones, y cómo explicar todos los matices de esas sensaciones.
Escribí este texto poco después de pasar un día recorriendo la Sabana, cuando ya llevaba varios días deambulando por Tanzania. Días después tuve la posibilidad de subirlo al blog. Decidí no hacerlo. Era un texto difícil para mí, que no sabía (ni creo que llegue a saber) cómo afrontar. Desde aquel día lo he reescrito varias veces. Ninguna me ha convencido. De hecho, no creo que llegue a hacerlo nunca.
Así que he borrado todo, lo he vuelto a escribir del tirón, y lo he subido. Lo que salga está bien. Ni siquiera lo he releído para corregir fallos. A veces es mejor poner las cosas tal cual salen y luego reflexionar sobre ellas. Creo que es la única manera de afrontar un texto como éste, con espontaneidad.
Perdonad por las faltas de ortografía que pueda tener. Esta manera de escribir ha dado lugar a un texto un poco desestructurado e inconexo, pero muchas veces los pensamientos funcionan así. Para solucionar un poco esto, lo he estructurado en base a citas de personas mucho más inteligentes que yo, que han reflexionado sobre estas cosas de manera más profunda y, sobretodo, con más experiencia en la vida (la mía es escasa, aunque eso se cura con el tiempo).
El texto es demasiado largo, así que he tenido que dividirlo en varias partes, lo cual no me hace gracia, pero es lo que hay. El próximo día subo la ultima parte.
“Cada minuto que estaba allí quería huir. No quería ver esto. ¿Cortaría y saldría corriendo o sería capaz de asumir la responsabilidad de estar ahí con la cámara?”
(James Nachtwey, fotógrafo de guerra. 2 veces ganador del World Press Photo)
Un cubo verde apareció tras unos matorrales. Yo solo veía el cubo, no lo que había debajo. Parecía que el cubo flotaba en el aire. Por supuesto, sabía que bajo ese cubo verde se encontraba la cabeza de una mujer (el cubo estaba demasiado alto para llevarlo un niño). El cubo comenzó a rodear los matorrales que servían de valla para que el ganado no entrase al charco de donde las personas cogían el agua.
Una vaca había demostrado ser más lista que los constructores de la valla, y estaba bebiendo tranquilamente en medio del charco.
Yo estaba grabando a la vaca mientras bebía, sin prestar mucha atención a mi alrededor. Había visto el cubo verde pasar, pero no le había hecho demasiado caso. El cubo verde se posó en el suelo, frente a la vaca. Sentada al lado del cubo, su propietaria: una chica negra que aparentaba una edad parecida a la mía, lo que en Tanzania significa que tendría unos cuantos años menos. Para los tanzanos se puede aplicar algo parecido a lo que se dice de la edad de los perros: que un año canino equivale a 7 humanos. En Tanzania, un año occidental equivale a varios tanzanos. La chica tendría unos 17 años, calculo. Aunque aparentaba bastantes más.
La chica del cubo verde simplemente esperaba sentada, mientras nos miraba con extrañeza: un grupo de blancos que cogía agua, la metía en botellines y apuntaba algo con un rotulador; mientras otro más joven daba vueltas en torno a la vaca, grabando con una cámara.
Sobre el charco de agua, en una pequeña elevación de piedra, había un pequeño pozo. O más bien podríamos decir un agujero en el suelo con unos pocos centímetros de agua en el fondo.
Dejé a la vaca bebiendo tranquilamente y subí a grabar el agujero en la piedra. Tras unos segundos grabando, me agaché para hacer unos ajustes en la cámara, que en ese momento estaba haciendo cosas raras con el enfoque. Noté movimiento a mi espalda, así que me giré.
No fui capaz de reaccionar: la chica del cubo verde, embarazada a sus 17 años ( luego nos dijeron que no era ni la primera ni la segunda vez) se estaba metiendo en el agujero del suelo. Un agujero inmundo, estrecho y pequeño, con un poco de agua en el fondo. Todos los que estábamos allí nos quedamos petrificados. No nos podíamos creer que esa chica se metiera en ese agujero asqueroso, y encima estando embarazada, mientras los hombres miraban la situación tan tranquilos, hablando de sus cosas.
Todo el mundo se horrorizó, se deprimió, habló de lo injusta que era la vida de esa chica, se indignó ante la pasividad de los hombres que ni siquiera miraban a la chica. Mis compañeros se quedaron paralizados sin poder continuar con su trabajo, mientras todo sucedía ante nuestros ojos.
Unos tristes, otros enfadados, observaban impotentes la escena.
Yo tenía otro papel distinto al suyo: tenía que sacar fotos y grabar aquello. Ser un profesional. Para eso estaba allí. ¿Sería capaz de asumir la responsabilidad de estar ahí con la cámara?
No.
Me explico: llevaba ya varios días por Tanzania, grabando y fotografiando lo que veía. Tras el impacto inicial había conseguido abstraerme de la mayoría de las cosas. Al principio es más duro, luego es más fácil. Es como una gota que cae en el agua, las primeras ondas son más fuertes, luego todo se va diluyendo.
Las personas tenemos bastante facilidad para acostumbrarnos a las cosas, incluidas las desgracias ajenas. De hecho, mientras sea ajeno no suele causarnos excesivo problema. Así que veía mujeres y niños caminando por el borde del camino acarreando cubos de agua y yo me dedicaba a grabar, preocupado por conseguir la mejor imagen posible, pendiente de la luz, del encuadre y de cuántos segundos necesitaba de ese niño cargando con el cubo de 20 kilos para que me quedase bien en el montaje. ¡Cuántos segundos!
No es fácil reconocer cómo puedes permanecer impasible ante ciertas cosas que ves. No se qué haría otra persona en mi lugar, pero yo reaccionaba así y hacía mi trabajo lo mejor posible.
Cuando vi a la chica del cubo verde meterse en el pozo, fue la primera vez que sentía el impulso de tirar la cámara y ayudarla. Coger el cubo y levantarlo, caminar hasta su casa, ahorrarle ese esfuerzo. Ahorrárselo por una vez.
Pero no lo hice, y me puse a grabar. Incluso le pedí a un compañero que fuera a buscarme la cámara de fotos, que no había tenido tiempo de sacar de la mochila, para no dejar de grabar lo que ocurría.
Digo que no fui capaz de asumir la responsabilidad de estar ahí con la cámara porque no estaba preparado, la escena me desbordó, tardé en reaccionar y tenía la mente ida, no puesta en el trabajo.
A mí me encanta rodar, y me encanta hacer fotos. Me siento bien cada vez que aprieto el botón de REC, o cada vez que suena el “clack” del obturador. Pero aquí no me sentía tan bien. No quería estar grabando. Quería hacer algo.
Racionalizándolo después, te das cuenta de que no deja de ser egoísmo por tu parte, que lo único que vas a conseguir cogiéndola el cubo es que tú te sientas un poco mejor contigo mismo. Nada más. A ella no la vas a ayudar por que la lleves el cubo ese día. Mañana todo sigue igual. Incluso la estás insultando por ello, se puede ofender por ese desprecio que le haces.
Esto lo ejemplifica mejor que nadie Ryszard Kapuściński: “la cuestión del agua, sin ir más lejos: hay que acarrearla desde la bomba, que está al otro extremo de la calle. Es trabajo de los niños. Las mujeres lo hacen a veces, pero los hombres, jamás. Y de repente, ante el pozo, se planta un señor blanco haciendo cola junto con los niños. ¡Ja, ja, ja! ¡Imposible!…” (Ébano, pag. 119)
Esto puede generar un debate y habrá mucha gente que no esté de acuerdo. Evidentemente todo cuenta, todo es un gesto y una ayuda. Pero en este caso al final todo sigue igual. La ayuda debe ser algo permanente. Debe ser un cambio sustancial.
La chica ni siquiera quiere que la ayudes. Aún más que la propia imagen de una chica embarazada metiéndose en un agujero en el suelo, lo que me llamó la atención es la dignidad de esa chica. Siempre con la cabeza bien alta, orgullosa ante todo. Los tanzanos son orgullosos por naturaleza.
Cuando los hombres que estaba allí vieron lo horrorizados que estábamos nosotros ante esa situación que ellos veían tan normal, se avergonzaron, dejaron su conversación y fueron a ayudarla a sacar el cubo verde del pozo.
Ella no les dejó. Les apartó y sacó el cubo sola. El segundo cubo que llevaba, algo más pequeño que el verde, tuvieron que arrebatárselo de las manos para que la chica les dejase sacarlo. Luego ella salió, se colocó el cubo sobre la cabeza, cogió el otro con la mano y se marchó. La sensación de dignidad que transmitía la chica era impresionante. Puede parecer raro que en una situación de ese tipo lo que más me llegase fuese eso, pero dignidad es la palabra con la que yo definiría esa escena.
Por eso tu ayuda a esa mujer no es ayudarla a sacar agua del pozo un día. Tu ayuda es que el proyecto sea un éxito y esa chica tenga agua segura para beber sin tener que meterse en un agujero. Y tu contribución al proyecto es que la gente sepa que hay una mujer embarazada que se tiene que meter en un agujero todos los días para conseguir agua.
O eso quieres creer.
Así que grabas. Y tomas fotografías. Y lo haces mal, la verdad, porque no estás para concentrarte en conseguir el mejor plano posible. Grabas y punto. Lo que salga. Te dejas llevar.
Decía Robert Capa que “si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no estás lo suficientemente cerca”.
Pero ésta vez voy a llevarle la contraria al señor Capa. Yo estaba cerca, cerquísima, tanto que podía ver los músculos tensionarse al levantar el cubo, podía sentir el esfuerzo de sacar aquellos 20 kilos de peso de ese agujero. Podía oír la respiración entrecortada de la chica. Podía ver su mirada diciéndole al hombre que no necesitaba su ayuda.
Y siendo sincero, mis fotos (o en éste caso mi grabación) son bastante malas. Las imágenes están mal encuadradas, temblorosas, la luz es pésima, el sonido inexistente… Mis imágenes son malas, poco profesionales. Pero me da igual.
Técnicamente no están bien, pero su fuerza, y lo que significan, lo que transmiten, eso si que está presente. Y supongo que a eso se refería Capa.
Salvo ese momento con la chica del cubo verde, el resto del tiempo no tuve excesivo problema para realizar mi trabajo. Únicamente en 2 ocasiones más se volvió complicado seguir grabando y fotografiando: hablando con una niña de 9 años y con la mujer del bebé, aquella de la que hay una foto en blanco y negro unos cuantos posts más atrás. Sin embargo, incluso en estas situaciones pude separar las cosas, abstraerme de lo que veía y oía y hacer mi trabajo.
La chica del cubo verde me había enseñado unas cuantas cosas sobre mí mismo y sobre mi trabajo.
(Foto: Roger Calabuig)
“De tanto hacer que no veía, me quedé ciego”, decía una viñeta de El Roto que leí hace tiempo.
Mirar por el objetivo de una cámara supone quedarte ciego.
Paradójico, ¿no?
Con las fotos, y con las horas grabadas en Tanzania, me ha pasado algo que no esperaba que me ocurriese. Mientras grababa o hacía fotos, estaba concentrado, preocupado en conseguir la mejor imagen posible. Las historias que me contaban, el dolor que padecía esa gente, la falta de esperanza que transmitían las palabras que escuchaba, no me llegaban, ni siquiera me enteraba de lo que me contaban. Es como si todo el sufrimiento no fuese capaz de atravesar el obturador de la cámara, se quedase grabado en la foto y no llegase a mí.
No es algo de lo que sentirse especialmente orgulloso, pero supongo que también es lo adecuado para unas circunstancias de éste tipo.
Pero cuando horas después veía las fotos para ordenarlas, cuando veía las imágenes grabadas para hacer un pequeño montaje o para minutar las cintas, entonces es como si todos los sentimientos, todas las sensaciones que no habían pasado más allá de la cámara, llegasen de golpe. Ya no son imágenes sin más, ahora son historias de gente que conozco.
Supongo que es como cuando la gente ve a un mendigo en su ciudad. La mayor parte de las veces todo el mundo los obvia, ni siquiera repara en ellos. Hacemos como que no los vemos. Cuando si te das cuenta de su presencia, cuando te preguntas cómo vive, cómo ha llegado hasta esa situación y qué le deparará el futuro, es cuando te afecta. Cuando uno piensa en esa persona es cuando se conmueve, cuando siente la necesidad de ayudarla.
Y supongo que lo que quiero es que la gente no se quede ciega de tanto hacer que no ve. Que aunque apartemos la mirada, siempre haya algo delante que nos recuerde que el mundo es injusto y que debemos hacer algo para cambiarlo. Que otro mundo es posible.
¿Porqué no?
Continuará…
Escrito por Enrique Torralbo.













Supongo que Capa quiso decir emocionalmente cerca. Las fotos serían buenas aunque estuvieran quemadas o desenfocadas, porque la escena habla por si misma, y no deja indiferente. Los que estábamos ahí, incluso los que tenemos una piel curtida para impermeabilizarnos a la crudeza de esa realidad, no olvidaremos nunca la dignidad de aquella mujer. La pobreza tiene esas escenas y aún peores, y quienes trabajamos en ella, necesitamos un refugio, el parapeto de una cámara o la trinchera de una lente, o un velo en la mirada que cubre lo oscuro y cruel, porque sino, de cualquier otro modo, no podrías seguir trabjando. Y efectivamente, cuando estás sólo con tus pensamientos, y tratas de ordenarlos, es cuando de golpe sientes el peso que esa mujer y tantas otras acarrean consigo cada día. Eso es lo que nos permite seguir llamándonos a nosotros mismos seres humanos.
Gracias Quique, por contar tus vivencias. Esperamos la segunda parte.
leyendo esta historia que cuentas, no he podido mas que acordarme del caso de Kevin Carter y su premio pullitzer (con la foto del niño desnutrido y el buitre junto a el) y todas las críticas que recibió y demas.
más de una vez me he intentado plantear una situación parecida, no ya como fotografo (que nada mas lejos de la realidad) ni como corresponsal ni nada asi, sino como simple ser humano que ve una situación similar.
no deja de ser como lo del vagabundo que comentas, simplemente por que lo hemos normalizado ya no creemos que necesiten de nuestra ayuda, y muchas veces al igual que la chica del cubo verde, nos la rechazarian.
un abrazo grande
David Martínez
Realmente pone la piel de gallina este articulo. Como es posible q haya gente en semejantes situaciones y no nos demos cuenta hasta q no leemos cosas como estas.
Di con tu blog de casualidad y me ha encantado. Espero q no lo dejes y sigas actualizandolo porq yo vendre a leerlo sin falta. Redactas realmente bien. Sigue con el buen trabajo!!!
1 abrazo!!
Saludos desde Toronto.
Gracias Quique (hoy te he llamado bien, eh!) por tu comentario, por tu experiencia. Aquella imagen quedó en la retina de todos, aún puedo ver literalmente la senda de aquella mujer hacia su “casa” en medio de la nada, donde el calor desdibujaba el horizonte y en el medio de la nada se encontraba vida. La dignidad de esa mujer y sus actos se la quita a los nuestros, estar a este lado significa nunca poder ser iguales, como dijo la Madre Teresa “por mucho que mi vida sea humilde, que me empobrezca con los pobres, nunca será igual, yo pude elegir…”.
Por todos aquellos que no pueden elegir!.
Como dice Pablo,aquella imagen se nos quedó grabada a todos los que estabamos allí. Recuerdo el silencio que se hizo entre nosotros cuando vimos aquello,tardando en recuperarnos de esa imagen. La recuerdo como si fuera ayer,como también recuerdo que se dirigía ya con el cubo en la cabeza a una choza (muy pequeña) y Roger comentó que no pensaba que viviera allí,(por las condiciones penosas que eso implicaba)pero cuando llegó a la choza comprobamos que realmente vivía allí. Recuerdo ese día perfectamente.
Un saludo a todos.
He repasado las fotos de ese mismo lugar el año pasado. 3 niñas posaban en ese mismo sitio, con sus cubos, sus harapos, sus cabezas afeitadas y su tímida sonrisa. El agua estaba en las mismas condiciones, y había cabras bebiendo, en lugar de una vaca. Pero aquél chamizo de 4 palos y medio metro cuadrado no estaba.
En lugar de la “casa” en la que habitaba esa mujer con sus niños pequeños, el año pasado había nada.
En Tanzania, si el marido se muere o abandona a la mujer, ella y sus hijos están condenados a eso, abandonados a sus suertes, dependerán íntegramente de su fuerza de voluntad y de que la suerte haga que la muerte pase lejos. Lo mismo le sucedía a la mujer de ese post de más abajo. Ambas vivían lejos de la comunidad, en medio de la nada, y se valían por si mismas, con el esfuerzo sobrehumano de ellas y de sus niños, quienes, aún con el pesar de las madres, no pueden ir al colegio, por la distancia que supone y por las muchas labores que tienen que atender, en favor de la subsistencia de todos.
“la diferencia entre ricos y pobres es poder soñar”. Sergio Calundungo.
Me alegro de que ninguno de los que estábamos allí se haya olvidado de lo que vimos.
No hay nada peor que el olvido.
Muchas gracias a todos por escribir: Roja, eres una máquina, en serio, sube esas fotos al blog si puedes; León, de Kevin Carter y su historia se habla en la segunda parte del texto; Coen, gracias por tus palabras, espero que sigas por aquí; Pablo, poco a poco vas aprendiendo como llamarme jejejje, espero con muchas ganas tu siguiente texto, el otro me encantó; Luisa, aún más ganas tengo de que te lances y escribas tú algo para el blog!!!
Increíble el artículo. Estoy deseando leer el resto.
Y aquí estamos nosotros, sin imaginarnos que en alguna parte eso está ocurriendo de verdad, día tras día…
Esto me recuerda cuando he vendido algún viaje por Tanzania, Kenya y algún que otro lugar de África. El grupo de turistas se da un paseo en jeep, observan animales, ven el atardecer y vuelven encantados. “Qué bonito nuestro viaje!” No, no es bonito, es horrible… sólo que ellos no se han dado cuenta, porque no han visto Tanzania, han visto un paisaje con un velo cubriendo lo que realmente es Tanzania.
Y en el fondo, ver a miles de seres humanos acostumbrados a vivir con muy poco, en condiciones “infrahumanas” para nosotros, pero qué hay más humano que eso? Eso humanidad pura.
Un abrazo
Gracias por hacerme pensar, sigue asi!
Sergio, muy interesante la perspectiva que das sobre el turismo. Realmente el tema del turismo es bastante peliagudo en estas circunstancias.
En Tanzania en concreto no lo se, pero en la mayoría de sistios el turismo genera ingresos sí, pero están concentrados en una minoría. La cantidad de puestos de trabajo del turismo estadísticamente es menor que la que genera la empresa, donde además la riqueza está más repartida entre la población.
Aquí, claro, eso es otro tema peliagudo, porque habría que ver en qué condiciones se trabaja en esas empresas y sobre todo con qué edades (esto también generaría un debate interesante, ya que la respuesta a estas cosas no es tan fácil ni tan simple como pueda parecer)
El turismo sostenible puede ser una solución, pero realmente existe muy poco turismo de este tipo.
Normalmente un desarrollo industrial sostenible supone un desarrollo de la comunidad en general. Pero en Tanzania o sitios similares es complicado que se produzca un desarrollo industrial y que además este se produzca de forma adecuada.
Quizá esta otra cita se sirva de consuelo:
“Entre las muchas formas de combatir la nada, una de las mejores es hacer fotografías.” (Julio Cortazar)
¡Grandísimo texto!
También tengo otra para Roger, seguro que le gusta:
“Se ve solo con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos.” (A.de Saint Exupery).
Enorme Ignacio!!!
No conocía esa frase de Cortázar, pero te aseguro que ya no se me olvida!!!!!
De hecho Cortázar es uno de mis escritores preferidos y “Rayuela”, mi libro favorito!!!!
A Roger también le encanta Cortázar, al igual que a mí también me encanta “El Principito”, así que has acertado de pleno con el comentario.
PD: me voy a hacer una camiseta con esa frase y todo jejejeje
ola…